De Monasterios a Monitores: La importancia de la tipografía en el marketing visual.

Los orígenes de la tipografía, en términos puros, se remontan a los inicios de la escritura misma. Desde luego, en este aspecto nos referimos primeramente a la caligrafía, producto del trabajo minucioso y paciente de la mano humana sobre el papel, el cual además de haber sido una herramienta de vanguardia para la transmisión del conocimiento humano de parte de los hombres ilustrados en monasterios y abadías, se convertiría más adelante en una huella indisociable del individuo. Es decir, por cada caligrafía existente, es posible determinar de qué individuo proviene un escrito, lo cual sigue siendo útil hasta nuestros tiempos, sobretodo para fines legales y forenses. Posteriormente, con la invención de la imprenta y los “tipos” (componentes móviles que servían para crear textos en la imprenta), la huella caligráfica del “escritor” original permanecería fundamentalmente olvidada, un sacrificio noble que facilitaría la propagación de textos con una consistencia y coherencia visible a lo largo de cientos, miles y millones de copias.


He allí donde notamos la principal importancia de la tipografía, la cual permite generar una identidad y preservarla con coherencia a lo largo de un texto, sin importar quién la esté utilizando. El advenimiento de computadoras y procesadores de texto, así como la proliferación y sofisticación de diferentes tipos de software de diseño gráfico, hicieron posible que las capacidades expresivas de las tipografías se amplifiquen y masifiquen, propiciando la ubicuidad de las mismas. Ya no es suficiente que un texto se limite a “contener y expresar significado” (en términos puramente semiológicos), sino que la tipografía en sí misma es capaz de proveer a un texto de un elemento estético complementario, de otorgarle un “espíritu”, un “alma” a cada letra, palabra y frase. ¿Qué podría ser más importante para una marca, que el impacto profundamente emocional y/o espiritual que pudiera provocar en el público? Quizás nada sea más importante que eso.


Así como los monjes, dedicados de lleno a la vida espiritual, quienes pacientemente forjaban a mano cada uno de los trazos que conformaban los textos que les eran encargados, todo aquel que dedique su tiempo a pensar la identidad de una marca, deberá obrar con la misma preocupación en mente: ¿cuál es el alma de lo que estoy creando? Si uno optara por ignorar la relevancia de esta incógnita primaria en el diseño de una identidad de marca, cualquiera sea su rubro y mercado, lo más probable es que la tipografía resultante no logre comunicar lo que la marca necesita, ni aunque se insistiese en su difusión o se saturen al máximo los canales para tal efecto. En ocasiones, cierto tipo de diseño ocurre llanamente como el brote de un capricho estético en el peor de los casos, y como un reflejo del correr de los tiempos y las modas, en el mejor de los casos. Pero si nos fijamos en las marcas cuya identidad prevalece a lo largo de décadas (e incluso siglos), podemos llegar a una sencilla y vital conclusión ni bien posamos nuestros ojos en sus tipografías:


“Tienen alma.”

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